Un pais de sordos: Diálogos con una sociedad sin eco (Cronicas en red nº 1) por Antonio Guevara

Un pais de sordos: Diálogos con una sociedad sin eco (Cronicas en red nº 1) por Antonio Guevara

Titulo del libro: Un pais de sordos: Diálogos con una sociedad sin eco (Cronicas en red nº 1)

Autor: Antonio Guevara

Número de páginas: 104 páginas

Fecha de lanzamiento: February 5, 2018

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Antonio Guevara con Un pais de sordos: Diálogos con una sociedad sin eco (Cronicas en red nº 1)

El ciudadano común tiene todo el derecho de buscar y ocupar sus espacios personales y familiares. Es el elemental sentido de supervivencia a nivel individual y del clan. Cuando eso ocurre sin articularse con los intereses generales y sin amarrarse e identificarse con el interés nacional, es muy grave. Esa conducta tiene una incidencia negativa a nivel de la sociedad y de las comunidades que al final forman parte de los cimientos de la nación.

Es insólito qué ante tantos mecanismos de comunicación, encabezados por las redes sociales en las tecnologías de información y comunicación (TIC) el enlace entre los ciudadanos y los dirigentes esté fracturado y en algunos casos no existe.

Así no funciona una sociedad. Todos emitimos mensajes e inundamos los buzones con textos y expresiones que nadie lee o escucha. En cada señal hay un reclamo extraviado, una solicitud sin destinatario, una queja sin orientación ni referencias.

El liderazgo tiene la responsabilidad de establecer las sintonías con sus grupos. Los encajes de funcionamiento local, regional y nacional son atribuciones de quienes aspiran formar poder y ejercerlo.

Eso no está ocurriendo en Venezuela. Los dirigentes llevan un ritmo de navegación, distinto al de la manada, rumbos diferentes, objetivos diametralmente opuestos y metas de llegada inexistentes. No hay viabilidad en la caminata. Es un tránsito completamente estéril. No hay sincronización entre lo que quiere el ciudadano en la base y lo que construye al final el lider en el plan, en el diseño estratégico de las políticas y los intereses del colectivo.

Estamos caminando orillados en el desconcierto y la turbación. Las turbulencias en la amalgama grupal han puesto a todos en el sálvese quien pueda. De allí la diáspora, el viaje y el adiós dejando atrás el capital familiar y la célula social. El riesgo es la atomización y él comportamiento estanco. Si no ha ocurrido ya.

Todos escribimos y hablamos. En la abierta disposición de los recursos tecnológicos actuales para construir los mensajes somos unas fieras discurseando, haciendo videos para subir a YouTube, sesiones diarias a través de Periscop, miles de mensajes circulan en los chats que nadie lee y audios que tampoco se escuchan. El muro de Facebook es un desagüe permanente las 24 horas del día y el pajarito de Twitter trina vibrando en el bolsillo del pantalón, cada vez que al otro lado del mundo ocurre un evento, una estrella despeja un escándalo o un atleta global rompe un récord. Mientras tanto, al lado, en el asiento contiguo, la esposa, el padre, la madre, los hijos, los vecinos de la calle o la comunidad se resienten ante la ausencia de una respuesta. El delete de los teléfonos inteligentes, las PC, los iPhone y las laptop atiborran la papelera del cemento que nos une como familia en las localidades, en las regiones y en la nación. Así estamos.

Los textos que estoy presentando tienen un origen desde el año 2009, fueron publicados en mi blog en ese momento y tienen una vigencia como si estuvieran recién salidos del procesador de palabras. Son una prueba fehaciente de la anomia y del garete colectivo, y del pésimo funcionamiento del estribo, el yunque y el martillo de la dirigencia. El liderazgo ha fallado en oír y pararle la oreja a los reclamos de la grey o no tiene acceso a una caja de Qtips.

El país tiene un gran vacío en la reciprocidad en la comunicación. El ciudadano se queja y nadie le para.

La comunicación política en Venezuela, en este momento, es una tribuna a cielo abierto, full de tímpanos cerrados y lenguas desbocadas defendiendo las comarcas de la tribu y el clan. En este caso de dedos a 300 kilómetros por hora machacando el teclado aquí, allá y acullá.

Todos nos hablamos y no nos escuchamos.

Hay una perfecta sordera social.